Ansiedad, dolor y pena por el cambio climático en Honduras

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Ansiedad, dolor y pena por el cambio climático en Honduras
Una familia posa para una foto en el sitio donde se encontraba su casa, destruida por un derrumbe provocado la deforestación y dos huracanes en La Reina, Honduras. Foto del 24 de junio del 2021. De izq. a der.: Melvin Alonso (de 14 años), Guillermo Alonso (54), Elvin Alonso (seis meses), Génesis Alonso (6), María Orellana (52), Yenny Alonso (16), Areli Alonso (22) y Orlin Alonso (25). "Nos entristece porque nos quedamos sin casa, pero lo importante es que toda la familia está viva", dijo Guillermo. (AP Photo/Rodrigo Abd)

EL ENCANTO, Honduras (AP) — “¿Cuántos de sus pacientes sufren de depresión?”

La doctora hondureña Claudia Lazo repite seis veces la misma palabra: “Todos, Todos, Todos, Todos, Todos, Todos”.

Los pacientes a los que atiende en su modesto centro de salud rural sufren de solastalgia: ansiedad, dolor y pena provocadas por la pérdida de su paisaje (la destrucción de su entorno). Viven, pero su lugar en el mundo —casas, relaciones humanas, cultivos, cultura— ya no existe. Han perdido su hogar físico y su bienestar mental.

La noche del 24 de noviembre de 2020, su comunidad, La Reina, desapareció de la faz de la tierra.

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Esta historia es parte de una serie, Después del Diluvio, producida con apoyo del Pulitzer Center on Crisis Reporting.

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Localizada al oeste de Honduras, la aldea donde vivían poco más de 1.000 personas, casi todas campesinas, quedó sepultada por un derrumbe provocado por una combinación trágica de deforestación y el azote de dos fuertes huracanes en apenas tres semanas.

No murió nadie. Pero ocho meses después sus habitantes continúan sin casa y a la deriva.

Con los ahorros de sus vidas y el dinero enviado por decenas de vecinos emigrados a Estados Unidos, la gente de La Reina había transformado la ladera de una montaña en una localidad próspera. Pero la naturaleza recuperó el espacio.

Olga Ondina, de 52 años, recoge flores de pétalo amarillo y estilizado que brotan donde cree que estuvo la casa en la que crió a cinco hijos para ponerlas en la casa de los familiares que le han dado refugio mientras habla de su insomnio. “Despierto a media noche y me levanto al baño siguiendo unos pasos que ya no puedo dar; abro los ojos, me doy cuenta de que no estoy en mi casa y lloro. Estas flores que me llevo me ayudan a recordar mi vida”.

Durante décadas los habitantes de la aldea cortaron el bosque de cedros y canelos que cubría la zona más alta de la montaña en la que vivían para ampliar las fincas destinadas al cultivo de café y conseguir madera con la que construir sus casas.

Arrancadas de los árboles, las raíces se pudrieron y perdieron su capacidad de fijar la tierra; una tierra que, bombardeada por los días de intensa lluvia provocada por los huracanes Eta e Iota, se abrió, infló y devoró la aldea en cuestión de horas, sepultando sus restos bajo toneladas de lodo que sólo esperan el próximo huracán para seguir descendiendo arrastradas por la fuerza del agua en dirección al valle.

El desconcierto es total. La culpa, inmensa. Orlando Perdomo, fuerte y musculado como quien a sus 56 años sólo ha trabajado la tierra, se sienta a pasar una tarde de domingo junto a un grupo de amigos frente a una laguna nacida del mismo agua y derrumbe que devoró su aldea. Ahí recuerda: “Mi papá decía cuando se abrieron las primeras rajaduras, después del huracán Mitch (en 1988), que él no lo vería, pero nosotros veríamos desaparecer la aldea, que no botáramos los palos abajo, que era negocio para el momento y muerte para el futuro”.

La conversación es una sucesión de monólogos.

Su amigo César Girón, de 65 años, dice: “tenía fotos de mis padres, mías, de mi esposa. ¿Cómo voy a acordarme de mis padres si están muertos y ni siquiera una foto de ellos tengo?”. Siete meses después, camina despacio, sin energía, aún desesperado, entre las inmensas montañas de lodo, piedra, algunos árboles —pocos— donde calcula que estaba su casa, de la que no queda una sola piedra en pie. “Uno queda chiflado, desorientado, mi vida quedó acá, pero acá no existe, no sé hacia dónde mirar”. Se quita la mascarilla y se limpia la cara. Lleva meses llorando.

Julio Villanueva, de 70 años, busca un por qué y se escuda impotente en un antiguo mito del pueblo indígena Chortí, que habitó estas tierras hace cientos de años. “En la tierra crece una serpiente con un cuerno, cuando es grande y quiere salir, abre un canal que arrastra el agua y lo destruye todo. Sólo el rayo puede matarla”.

La doctora Lazo, que ha tratado a casi todos los habitantes de La Reina, amplía la explicación: “sufren una sensación física que constringe el corazón y la razón. Han perdido lo material y el apego a la vida, ya no saben estar en el mundo”.

“Cuando se sientan frente a mí y les pregunto ‘¿Qué tal?,’ empiezan a llorar”.

“La medicina puede solucionar algunas noches de insomnio”, continúa Lazo, “pero no soluciona un problema de depresión colectiva en un país donde además, para una población campesina muy humilde, no hay ningún servicio psicológico ni psiquiátrico disponible”.

Advierte, además, contra cualquier tentación de culparlos: “no deforestaron porque quisieron sino por la pobreza”, explica. “Necesitaban calentarse, cocinar, construir y el país no les dio otra opción que talar el bosque”.

“¿Cómo se cura lo que no se puede curar?”, se pregunta la doctora.

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